
Los
prestamistas internacionales no se fían del Estado español a pesar
de que la deuda pública española es de las menores de los países
desarrollados (60% del PIB). ¿Por qué? Por culpa de la deuda del
sector privado (240% del PIB). Esta descomunal deuda privada implica
que las perspectivas de ingresos del Estado son muy negativas (mucho
más que las de otros Estados cuya deuda pública es mayor, pero cuyo
sector privado está relativamente saneado: Alemania, Reino Unido,
USA), por lo que los prestamistas exigen mayores garantías, tipos de
interés más altos. Las empresas españolas están estranguladas
financieramente, el ritmo del cierre de negocios y el del paro han
aumentado vertiginosamente en los últimos tres años. Cada empresa
que cierra y cada nuevo parado son ingresos que pierde el Estado
(Impuesto de sociedades, IRPF, Seguridad Social) a la par que nuevos
gastos (prestación por desempleo). A esto se añade un problema que
supone el núcleo del verdadero círculo vicioso en el que estamos
metidos. Cada empresa cerrada y cada trabajador en la calle suponen
también menos consumo, es decir, más estrés para las empresas que
todavía resisten en un vilo a ser engullidas por la vorágine. A
medida que el proceso avanza, lo más lógico es que la destrucción
del empleo y el cierre de empresas se vaya acelerando ya que se trata
de una bola de nieve, las empresas de dependen unas de otras en
cuanto consumo de suministros. Si tenemos cinco empresas que son
clientes entre sí y una quiebra, las cuatro restantes tendrán menos
ingresos, si quiebra la segunda, la situación se hará más tensa.
La quiebra de la tercera puede arrastrar a las otras dos o, cuando
menos, convertirlas en empresas zombi.
El Estado cada vez ingresa menos y gasta más. ¿Quién tiene la
culpa del la asfixia financiera del sector privado? La burbuja
inmobiliaria.
La
paradoja de la burbuja inmobiliaria. En
1996 el país estaba empezando a salir de una profunda crisis
económica con un pico de desempleo en 1994 de cuatro millones de
parados. Pero era un momento muy especial: la Unión Económica y
Monetaria estaba a la vuelta de la esquina. Había que cumplir los
criterios de Maastritch. Había que sanear las cuentas públicas, 3%
de déficit y 60% de deuda pública. Algo que iba a ser muy difícil
con semejante cantidad de parados, era necesario poner a esa gente a
trabajar, a pagar Seguridad Social e IRPF, había que hacer lo mismo
con las empresas. De propina, era necesario deshacerse de las
empresas públicas, aunque fueran las joyas de la corona, para hacer
caja (Telefónica, etc.), aunque fuera por mucho menos de su valor
real. ¿Qué hacer? Era ilusorio esperar el curso normal de la
recuperación, había prisa, había que estar en la Europa de primera
velocidad. Es el momento en el que Aznar y Rato alumbran una
excelente idea. Liberalizar suelo público y usar la banca pública
para financiar un macro proyecto nacional de urbanización; poner a
todo cristo a trabajar en la construcción: individuos, empresas,
bancos ... Todos los huevos en la misma cesta. Los insignes liberales
idearon un Plan Quinquenal digno del propio Stalin. Los criterios se
cumplieron. El camino a la champions
league
de la economía mundial estaba allanado. Pasaron los pperos
y llegaron los sociatas
... y lo dieron por bueno. Récord de empleo, récord de beneficio,
las inmobiliarias animaban el cotarro en el Ibex; récord de
despilfarro público. Un aeropuerto en cada provincia. Pero un día
la burbuja se pinchó. ¿Y qué pasó? Paso que no había
alternativa, no había plan “b”. El modelo productivo era el
ladrillo. La negligencia político-empresarial pospuso décadas los
cimientos de un modelo económico más abierto, más diversificado
(gracias al cual nuestros vecinos europeos no tienen problemas para
recibir préstamos aunque tengan un 200% de deuda pública.) El
ladrillo se esfumó y su impacto en la economía era tan bestial que
nos vimos con tres millones y medio de parados nuevos en tres años,
miles de empresas cerradas, las que quedan están asfixiadas
financieramente y el Estado con serios problemas de financiación. Y
el verdadero problema: el proceso sigue, y sigue, y sigue. ¿Cómo
pararlo? Hasta ahora, la receta impuesta por Europa, recorte de gasto
público y flexibilización laboral, lo único que han conseguido es
echar más leña al fuego, puesto que a medio plazo incide
negativamente en lo único que puede dar un balón de oxígeno a las
miles de empresas en trance de entrar en la zona zombi:
el consumo. Efectivamente, en el momento presente las empresas no
contratan porque venden menos y venden menos porque no se consume.
Las facilidades para despedir sólo servirán para deshacerse de
manera más barata del personal excedente.
Las
soluciones. Habría
dos maneras de intentar cortar el círculo vicioso. La primera es la
que se está practicando. Se trata de acelerar el proceso. Seguir
recortando y flexibilizando hasta que se toque fondo. Tendríamos por
delante unos veinte años de depresión hasta que se empezará a ver
la luz al final del túnel. Las consecuencias negativas son severas
para la clase trabajadora: salarios más bajos, precariedad, menos
protección social. La clase media podría sufrir un impacto brutal.
Empobrecimiento generalizado. Apertura dramática de la brecha entre
ricos y pobres. Básicamente los efectos ya conocidos en aquellas
regiones del globo donde se han aplicado las políticas del FMI:
América Latina, Asia, Este de Europa, Rusia ... A todo esto hay que
añadir un peligro coyuntural no menor. Si se produce la quiebra de
Grecia, que muchos dan por hecho, y el desastre se contagia al resto
de la Europa mediterránea podemos esperar cualquier cosa. Un
suicidio. En ello estamos.
La segunda
solución es la keynesiana, que vienen reclamando figuras como
Krugman. Básicamente se trata de poner en marcha un New Deal. Poner
a todo cristo en nómina del Estado. Un macro plan de empleo público
en el que todo el mundo desempeñe una tarea útil en favor de la
comunidad y tenga un salario que permita estimular el consumo y que
a la larga posibilite un alza en los ingresos del Estado. La ventaja
es que el esfuerzo sería más justo y equitativamente repartido.
Además otra ventaja importante es que si estuviésemos, como algunos
ya sospechamos, dentro el círculo vicioso de sequía financiera,
destrucción de tejido productivo, destrucción de empleo y
hundimiento del consumo, este modelo sería, en rigor, la única
forma de cortarlo, mientras que el liberal sólo conseguiría
acelerarlo.
Entre
tanto, mucha gente se pregunta, dentro y fuera de España, porqué no
hay una revolución. Si hubiera que apostar situaría en un 30 por
ciento de desempleo el punto de no retorno. Algo que con la nueva
reforma laboral aprobada hace unos meses podríamos alcanzar a
principios de 2013 (en el primer trimestre de 2009 se destruyeron
800.000 empleos. En un sólo trimestre!).
Que Dios
reparta suerte.